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J. J. Cale, la luz que quiso ser sombra

en Novedades

‘Stay Around’ nos devuelve a un J. J. Cale inédito. Un músico muy especial que sigue influyendo tanto a maestros como a quienes buscan consagrarse. Un estilista genuino, motor del ‘Tulsa Sound’

Cuando echamos la vista atrás y recordamos a las grandes figuras de la música no sólo las reconocemos por sus logros. Todos esos tipos lucían soberbios, divertidos; histriones con peluca y maquillaje que forzaban el mensaje a través de la comedia o el drama en sus apariciones públicas. Casi todos ellos querían ser luz, y en luz se convirtieron.

Pero ser foco constante de atención tiene sus contras. No han sido pocos los músicos que han rechazado de plano ser estrellas en aras de tener una vida propia, alejada de los objetivos y los flashes, de los rodajes y las entrevistas. Músicos que han dedicado su vida a componer e interpretar, sidemen de lujo que han orquestado, desde el papel y la segunda fila, carreras legendarias.

J. J. Cale es un ejemplo. Un gigante que decidió volar bajo el radar de los mass media, trabajando para grandes astros en la virtud de la sombra.

El ‘sonido Tulsa’ estará eternamente ligado a su nombre. Otros participaron de su creación; él lo sublimó. Tomando como referencia el blues, el jazz y el country, resolvió composiciones libres y frescas, a las que entregó un mágico susurro en forma de brisa. Así, a principios de los setenta, un álbum como Naturally iba a explotar en los oídos de diestros guitarristas que no esperaban tal embate.

Neil Young o Eric Clapton, entre otros muchos, son los ejemplos más directos de su influencia, que se lo digan a Knopfler. Ellos bebían esa brisa con ansia, y sin ningún reparo, más bien con pleitesía, algunos de ellos lo expresaron en sus biografías, y cómo no, lo dejan patente en sus carreras.

Ahora estamos ante un nuevo J. J. Cale, más que nuevo, inédito, un músico que guardaba su privacidad con celo. Pero no solo eso. Ahora sabemos que Cale era dueño de un archivo extenso de canciones que no llegó a publicar. Grabaciones caseras unas, otras de estudio. A saber, por amor a su música o porque no tuvieron la salida esperada, ahí quedaron. Y no es algo inusual en este artista, ya que, a menudo, Cale guardaba tomas descartadas de un álbum para el posterior lanzamiento de sus siguiente proyecto.

Su viuda, Christine Lakeland Cale, y su amigo y manager, Mike Kappus, han decidido sacar de las sombras al compositor, al interprete, al genio. Así ha nacido Stay Around, un disco que encierra una colección de canciones maravillosas, puño y letra, pura emoción, J. J. Cale. El disco es conmovedor, su belleza se nos pega al instante; ahí están esas voces dobladas, casi siempre una tercera por encima, y esas guitarras a la contra que parecen desfogarse sobre los railes del ferrocarril. Todo un maestro.

Tan sólo una de las piezas de Stay Around no está escrita por él. ‘My Baby Blues’ fue la primera canción que Christine y J. J. grabaron a cuarteto en el estudio Bradley’s Barn; corría el año 1977, acababan conocerse y ella entró en una banda que le iba a cambiar la vida. Con la publicación del disco ella cierra un círculo. Lo más jugoso para nosotros, Stay Around puede tener continuación debido al extenso repertorio que ha quedado sin publicar.

"Hello Sunshine" es el primer sencillo del próximo álbum de Springsteen, Western Stars.

De las carreteras a los desiertos de Springsteen

en Novedades

Ya tenemos el primer adelanto del nuevo disco ‘Western Star’ de Bruce Springsteen, ‘Hello Sunshine’

Ser padre te hace tomar ciertas precauciones y vivir eternamente preocupado; una parte de tu vida envejece, es así. 

Anoche, a la hora bruja, se colgó el primer sencillo de ‘Western Star’, el decimonoveno álbum de estudio de Bruce Springsteen. Durante dos semanas, el equipo de CDS RadioShow ha estado esperando con ansia ese momento. Se hablaba del cariz de su nueva producción desde los sitios especializados. O no tan nueva, ya que el disco comenzó a trazarse en 2011; la composición de ‘Easy Money’ cambió el rumbo del Boss y le llevó hasta ‘Wreacking Ball’, dejando aparcadas las composiciones de lo que iba a ser este disco que el próximo 14 de junio conoceremos al completo.

Retomo lo de hacerse mayor. Hace poco, un servidor no se hubiese dormido como un lirón, agotado por los quehaceres y por los juegos. En ese pasado reciente lo hicimos de madrugada lluviosa con la publicación de ‘Magic’, en el mismo coche donde después escuchamos al completo ‘Working on a Dream’, gracias a que uno de los dos consiguió el disco antes que el resto de casi todos los mortales. Pero no, esta vez no. En aquellos tiempos, hubiese esperado al momento de escuchar en primicia compartida ‘Hello Sunshine’, la bella canción que nos ha ofrecido Bruce acompañada de un vídeo con imágenes lomo y con el texto de la misma sobreimpreso. Servidor hubiese escuchado esta canción con el teléfono en la mano, compartiendo cada compás de la misma con el compañero y amigo de batallas radiofónicas a diario. Que si suena a Harry Nilson o John Denver, que si lo hace a Glen Campbell, que si el sol brilla más en California y el Boss ha cambiado su moto por lo que parece ser un Morgan encabritado de la yeguada de Marty Robbins, la portada es sorprendente porque no sabemos aún si nos gusta o no (Springsteen nunca se ha distinguido por ofrecernos buenas cubiertas, más allá de la gloriosa fotografía de ‘Born to Run’). Hubiéramos hablado de los arreglos de cuerda que nos presenta el sencillo, de que finalmente no hay E Street, pero que sí habrá colaboraciones de sus socios en la gira. Nos habríamos alegrado de la presencia de David Sancious, un seguro de calidad, como ya demostró en el pasado. Hubiese cabido incluso una defensa de esa tristeza asumida y aceptada del de Freehold que ya descubrimos durante la lectura de su autobiografía. En definitiva, la noche se podría haber prolongado un par de horas hablando sobre esos escasos cuatro minutos de canción.

El karma, un fuerte dolor de cervicales y la necesidad de orinar con mayor frecuencia en la noche me han hecho levantarme a las tres de la mañana y en ese instante, mientras buscaba un ibuprofeno y encendía el iPad para escuchar la canción con auriculares -que nadie notase en casa mi inevitable insomnio-, he visto los mensajes de éxtasis de mi amigo. También preocupado por él, no he contestado. Y sí, la canción es un bombón que nos lleva a esas letanías de precisión quirúrgica de ‘The Ghost of Tom Joad’ o ‘Devils & Dust’, el Springsteen solitario, poeta que escribe versos como: “Sabes que siempre he amado la ciudad solitaria. Esas calles vacías, sin nadie alrededor. Si te enamoras de la soledad, terminas así”.

En un instante, mi amigo entrará por la puerta de la redacción, hablaremos de todo esto a la luz del día, vibraremos ante el regreso de Bruce a Madrid para tocar el álbum, criticaremos a los criticadores que desde las redes sociales llevan un día poniendo pegas, tomaremos café y volveremos a escuchar la canción juntos a todo volumen.

Así que escribo esto para pedir perdón a mi amigo, y a mí mismo, por hacerme mayor, como Bruce. Hoy, la ilusión sigue intacta por la música de Springsteen; quizás es mayor viendo que el héroe de Jersey es ya un abuelo bien conservado, por aquello de buscar la inspiración en los mejores ejemplos.

Eric Johnson, la guitarra definitiva

en Especiales

Un músico en la antípoda de lo común que sigue marcando tendencias del estilo en casi todos los guitarristas actuales

La tierra de las oportunidades es cualquiera donde pisa Eric Johnson, probablemente uno de los guitarristas mas prolíficos, y con un inmenso bagaje musical dentro de la cabeza.

Podríamos referirnos a él como el músico mas hábil y con una destreza natural fuera de lo común. Un músico al que envidia medio planeta, el de mayor talento y visión espacial que podemos encontrarnos en el universo de música instrumental hecha con una guitarra. Dominar varios estilos queda al alcance de muy pocos, el jazz, el country, el auténtico pop, el blues o el rock mas primigenio.

En los foros todos preguntan como sacar el sonido que escupe su Fender Stratocaster Sunburst, se puede responder de manera sencilla. Necesitas un amplificador 1950’s Fender Twin, un pedal Dunlop Fuzz Face, un Dyna Comp Compressor de MXR, y el famoso Ibanez TS9 Tube Screamer que siempre acompañaba a Steve Ray Vaugahn. Ya esta. Y después caes en la cuenta de que el sonido de Eric proviene de dentro. Pocos elementos, pues en suma es purista de las tonalidades, Eric Johnson distingue si el pedal funciona con pilas, o esta enchufado a la corriente.

Son mas de treinta años de carrera, en su discografía personal no encontramos mas de ocho o nueve discos de estudio, y algún que otro directo. Estas exigencias atienden a la búsqueda constante de lo genial, de no dar cabida a lo primero que le pasa por la cabeza. La constante evolución para mejorar aún más su técnica es casi una obsesión, además de una sentida obligación de rendir tributo a sus maestros: Scotty Moore con Elvis, Nokie Edwards con Ventures, a Yardbirds, Cream, Hendrix, Jeff Beck , Chet Atkins o su amado West Montgomery, al que considera el guitarrista mas libre del mundo. Montgomery representa la libertad que atiende a no tener que pensar técnicamente, sino solo ejecutar todo lo que has aprendido y ya forma parte de ti como músico. Prueba de su influencia la encontramos en ‘East Wes’ del álbum ‘Ah Via Musicom’ Y en ‘Manhattan’ de ‘Venus Isle’.

Muchos productores cuentan la aventura de una grabación cualquiera de Eric, hasta que no cierra los ojos y se le saltan las lágrimas con un solo, el resto se desecha. Pistas que serían joyas para cualquiera, quedan relegadas a la papelera, porque no le emocionan a él.

Eric Johnson es el músico que habita en la antípoda de lo común

José Luis Spinosa

Amante total de los interpretes de piano clásico, ahí es donde Eric vio el camino, en como traducir ese sonido a las seis cuerdas y recrear la belleza en ocasiones con posiciones que harían romper la muñeca a cualquiera.

No dejes de escuchar ‘Cliffs of Dover’ o ‘Songs for George’ donde lo genuino cabe en poco menos de dos minutos, ambas del álbum ‘Ah Via Musicom’ de 1990. O la versión tan personal que hace de ‘Mr.Pc’ de John Coltrane en el ‘Europa Live’ de 2014, por poner solo tres ejemplos de la magnitud que puede llegar a alcanzar Johnson con tan pocos elementos.

Escuchando a Eric Johnson uno tiene la extraña sensación de que pasó a ser mariposa sin ser gusano.

‘The Medicine Show’

en Novedades

Ha vuelto Melissa Etheridge, y su rock es más valiente y más feroz que nunca

Estamos inmersos en tiempos de política. Con las elecciones a la vuelta de la esquina, unos y otros gritando, pavoneando e incitando con sus lemas para alcanzar el poder, es el momento apropiado para escuchar música que incite a tomar decisiones; entre tanto, nos acabamos de encontrar con un disco que, en este y en muchos otros sentidos, funciona mejor que cualquier mitin. Ha vuelto Melissa Etheridge, y su rock es más valiente y más feroz que nunca.

‘The Medicine Show’ es su decimoquinto álbum de estudio y la de Kansas viene tan cruzada como antaño, elevando su voz crepitante contra unos planteamientos políticos y sociales tan agresivos como los que hoy día gestionan su país. Ella es una superviviente y su música es tan terapéutica y tan militante como peligrosa para sus intereses comerciales. Apuntamos a que este último punto le importa un bledo y nos da por aplaudir, ya que la defensa de los derechos humanos o los problemas del colectivo LGTBIQ no pueden estar al albur del éxito de una canción. Ya desde su portada, ella se corona con hojas de María, y es que hay paliativos para el dolor que ya no deben asustarnos.

El álbum comienza con la canción que da título al disco, aunque más que canción podría tratarse de un enérgico cántico tribal que eleva voz y música a la altura de los viejos ancestros. De entre todo ese muro de guitarras distorsionadas encontramos el primer zapatazo en la boca en forma de verso: “Podemos cambiar esto o podemos culpar a esto. Somos el pueblo y nuestras ideas pueden reorganizar esto”. Etheridge da herramientas a los indecisos para reforzar el pensamiento activo. Es una apertura que augura fuertes emociones y que, por cierto, en la métrica vocal tiene un razonable parecido al clásico de Blondie ‘One Way or Another’.

El sonido que Etheridge ha conseguido darle a su nuevo álbum parece sacado de las viejas producciones del heartland rock de los ochenta. Para ello ha contado con un viejo amigo, el productor John Shanks. Buen ejemplo lo encontramos en ‘Wild and Lonely’ y en la ruda ‘Shaking’, donde su voz y su guitarra suenan con esa maravillosa furia que siempre ha caracterizado a esta heroína que en sus momentos más delicados ha usado la música como elemento reivindicativo de su propia condición.

‘Pese a ser un álbum de rock, su lectura no es cómoda. Con las escuchas el conjunto se vuelve imperial e imprescindible’

CDS RadioShow

El disco también muestra paisajes más calmados, al menos en sus formas; ‘Woman Like You’ es un ejemplo. En esta canción, Melissa está soberbia y su estribillo lanza un dardo venenoso a las princesitas de cuento: “But a good-looking woman like you. Never had to wait for her dreams to come true. Once upon a time, it was all you had to do. Was be a good-looking woman like you”. En el recorrido del álbum hay una sensación de empoderamiento vital importante para la mujer y, por qué no, para los hombres que quieran escuchar.

También hay cabida para los arreglos de intensas guitarras acústicas: la soberbia ‘Faded by Design’, en la que sentimos que Melissa cuenta la difícil batalla de su recuperación, o los arreglos de piano para la demoledora ‘I Know You’, tema en el que Etheridge toma una de las formas musicales que más deseamos, la de Springsteen, y no es el único pasaje donde encontraremos esta sensación.

Pese a ser un álbum de rock, su lectura no es cómoda, las sensaciones van creciendo con las escuchas y el disco necesita varias para acabar entrando en ese escenario en el que su conjunto se vuelve imperial e imprescindible.

Los últimos parajes del álbum nos muestran canciones destacadas como la hiriente ‘Here Comes the Pain’ o el desgarrador broche con ‘Last Hello’, recordando a las víctimas del tiroteo de la Parkland School (“ningún niño debería ver lo que he visto”), pero sin hacer mención al suceso en sí mismo.

Gran disco, necesario en estos tiempos que corren, que firma una mujer que lleva 31 años bregando con todo y contra todo, sin pelos en la lengua y con alma de guerrera.

La seda y la furia

en Novedades

Lee Fields & The Expressions publican ‘It Rains Love’ a través de Big Crown Records, una joya del soul contemporáneo

Hay discos que te hacen sentir especial, huelen a cigarro y copa cara. Lee Fields es uno de los artistas que consiguen hacer trascender la imaginación hacia tiempos gloriosos. Quizás sea uno de los pocos que queden en activo capaz de captar la esencia pura del rhythm & blues y el soul, tal y como lo concibieron los grandes maestros del siglo XX. Junto al ya desaparecido Charles Bradley y, pese a su relativa juventud, a Curtis Harding, Lee Fields es uno de los guardianes del entorchado de la escuela de las chaquetas de lamé, y, lo más importante, de la elegancia soberbia de la música.

Es imposible no mencionar en este punto la labor que desde sellos como Daptone Records han realizado en la última década, revalidando estas formas en los trabajos realizados para la gran Sharon Jones o para Charles Bradley. Es cierto, muchos artistas jóvenes vienen tratando de presentar álbumes en los que hay ingredientes poderosos que les aproximan a la orbita de los arcanos, siguiendo el éxito de ese aire retro que ha dado sus frutos. A los mencionados hemos de añadir una mirada a los maestros: Lou Rawls, Bill Withers, Marvin Gaye o Curtis Mayfield, artistas que son espejos en los que mirarse para todos esos jóvenes talentos. Pero hay algo que no termina de funcionar, algo que rápidamente hace que salten las alarmas, por momentos escuchamos algo forzado.

En pleno 2019, míster Lee Fields & The Expressions publican ‘It Rains Love’ para celebrar sus 50 años de gloria profesional, y los diez tragos que propone son de los que uno buscaba para aliviar las heridas, suenan a gloria setentera. Funk y soul, el disco suena clásico, cálido, analógico, uno espera no estar soñando. Así es, la producción está realizada sobre una grabación en cinta, no hay proceso digital. Fields pone calma incluso en la furia. Desde el inicio del álbum con la pieza que da título al disco, el sonido clásico nos inunda. Tema tras tema, los metales suaves propuestos por Leon Michels, Michael Leonhart y Aaron Johnson, las guitarras de Thomas Brenneck y Sean Solomon que pintan líneas burbujeantes, el funk de Homer Steinweiss tras la batería y los bajos de Nick Movshon y Quincy Bright, la sedosa sección de cuerdas y, sobre todo, la poderosa y áspera voz de este neoyorquino, elevan cada canción a la cima de la música.

‘It Rains Love’ celebra los 50 años de carrera de Lee Fields

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Hay momentos en el disco en los que uno quiere romperse la camisa. En ‘Two Faces’ Fields saca una pasión demoledora de su garganta, abrazándose a la replica sensual de las Del-Larks, al igual que en ‘You’re What’s Needed In My Life’, donde la banda se embarca en las esencias old school de los Temptations o los Four Tops.

Es inevitable no buscar y, finalmente, encontrar filias artísticas en Lee Fields, el northern soul sedoso y la furia arenosa del southern soul, combinación majestuosa en temas como el incendiario ‘A promise is a promise’. Las referencias estilísticas están ahí, pero este interprete no trata de emular a sus predecesores, al contrario, su música trasciende para convertir este ‘It Rains Love’ en uno de sus mejores trabajos y, además, nos da argumentos para colocarlo entre los mejores del género.

Le tendremos por España en breve: el 16 de mayo en la madrileña Joy Eslava y el 17 en Barcelona, sobre el escenario del Apolo 2.

Clapton Crossroads

en Conciertos/Especiales

Un hombre y una causa. Clapton habitó junto al diablo pero supo encontrar el camino a casa ayudando a otros a salir del infierno

No tiene nombre, lo de Eric Clapton no tiene nombre.

Dicen que es dios, y casi que terminaremos por darles la razón. Porque la forma en que Clapton se ha reconstruido así mismo en no pocas ocasiones es digna de mención. Superar la perdida de un hijo, batallar contra las adicciones, y salir impune. Son muchos los amigos que con mucho menos se diluyeron, se borraron o abandonaron el edificio.

La personalidad y la humanidad de Clapton fue tan grande, no solo para abandonar los excesos, sino también para fundar en el año 1997 el centro Crossroads que finalmente abría sus puertas en octubre del siguiente año. Un proyecto en el que se ofrece tratamiento y rehabilitación para todos los que tienen serios problemas con las drogas y el alcoholismo. Muchos piensan de Clapton que fue un oportunista, y escribimos este artículo para demostraros que se equivocan.

El centro necesitaba de donaciones para las becas, y fue a Eric Clapton a quién iluminó una idea en el verano del año 1999. Lanzó a subasta cien de sus guitarras, completamente revisadas por su luthier, Eric Lee Dickson, y certificadas por uno de los grandes historiadores de guitarras Richard Chapman. No vamos a enumerar la lista pero sería interesante remarcar algunas de las joyas de las que Eric se deshizo para conseguir un bien mayor. Todo el dinero recaudado fue a parar a la fundación Crossroads, para que aquellas personas que no podían pagarse el tratamiento, tuvieran oportunidad de coger el tren que les llevara a su nueva vida. Sin palabras.

Vendió su Telecaster del año 52 por 18.000 dólares, la guitarra que le regaló Carl Radle, el bajista de Derek & The Dominos, y que uso para el directo en Crystal Palace junto a Freddie King. Vendió su Gibson ES335TD del año 59 por 30.000 dólares, aproximadamente, la guitarra que uso en la despedida de Cream. Exactamente la misma Gibson que uso George Harrison para despedirse de los Beatles.

Clapton junto a ‘Brownie’

‘Brownie’

Y, lo más importante, vendió a ‘Brownie’ por 100.000 dólares. ‘Brownie’ era su Fender Stratocaster del 56. La guitarra que mejor sonido y tacto tiene de las centenas de Strats que pasaron por las manos de Clapton. La mano derecha de su otra leyenda, ‘Blackie’. Tanto es así que esta es la guitarra que puedes escuchar en el disco de Derek & The Dominos y con la que interpretó ‘Layla’ sin ir mas lejos. Además, fue la primera guitarra Stratocaster que Clapton compró.

Llegaría ‘Blackie’ para ocupar ese lugar, con un mástil que terminó siendo mas cómodo para su ejecución. Aun hoy, cuando vemos las fotos que nos muestran ese mástil de arce gastado, esos herrajes amarillos, la pala completamente quemada por el cigarro que Clapton siempre colocaba ahí, nos entran ganas de ser el próximo doctor Who para volver al verano del año 99, hacer acopio de esos dólares y pujar sin competencia para hacernos con esa bella guitarra. O, en su defecto, cambiarla por una piruleta, si no diera diera para tanto.

Un guitarrista se enamora de todas sus guitarras, da igual lo buenas o lo malas que sean, porque son cajas que contienen emociones asociadas a momentos irrepetibles. Clapton pasó por encima de la nostalgia y consiguió su propósito. Si se convirtió en una autocracia amable y benigna o no, eso queda para el imaginario popular.

Este año, el Crossroad Guitar Festival se celebra en Dallas, Texas. Será en el mes de septiembre y en el cartel aparecen las firmas de maestros como Jeff Beck, Buddy Guy, Robert Cray, Derek Trucks, Bonnie Raitt o Joe Walsh.

Definitivamente, «Clapton is good».

El Glam cumple 50 años

en Especiales

Bowie, Bolan y productores se encargaron de trazar la leyenda de la música con maquillaje y lentejuela

Tiempos convulsos, necesidad de creer, rezar a un nuevo dios. Los periódicos de ayer se inundaban de nostalgia cuando recordaban los flequillos llenos de cera que en los años cincuenta habían desbordado las calles. Fueron los que dieron paso al lado sofisticado del Rock & Roll; las canciones más serias, los otros flequillos lánguidos que propusieron los protagonistas de la invasión británica, los excesos que mostraron a los que hoy son abuelos respetados, esos que a sus setenta y muchos siguen ofreciendo lo mismo.

¿Y que iban a decir los que tenían que innovar en los primeros setenta? Sin tenerlo demasiado claro, supieron que lo harían con colores y trapos que incomodarían a los menos pintaos. Inglaterra estaba a punto de parir un nuevo movimiento musical.

Lo que propusieron principalmente Marc Bolan y David Bowie no tenía que ver solo con la música, sino también con una estética que distaba años luz de lo establecido y que iba a ganar, por legiones, a los imberbes que tenían la actitud cargada al máximo.

David Bowie, el iluminado para unos y el que se cambiaba de chaqueta para otros. Oportunista y genio a partes iguales. Si hemos de quedarnos con algo jugoso, sin duda es el amor que profesaba por su mayor odiador, Marc Bolan, quien se ganó que Lady Stardust fuese para él, y que su imagen fuera proyectada en cada concierto acompañando al tema.

Ziggy Stardust pisoteó el lado folk que había propuesto Bowie y supuso el ascenso definitivo de las lentejuelas, y la electricidad glamurosa llena de guitarras dobladas de Marc Bolan acabaron con el mismo folk que les acompañó desde el inicio.

No podemos olvidar la importancia de los productores, en este caso Tony Visconti que, a la postre, no solo dio sentido a las ideas de los primigenios, si no que ayudó a otros como Sparks, Iggy Pop o Stranglers. Visconti recordó donde estaban las bases. Sino, decidme si el piano, en el estribillo de ‘Star’ de Bowie, no es la reencarnación de Little Richard.

Fueron muchos los llamados, y no demasiados los elegidos. Roxy Music escondiéndose detrás de un pseudo estilo mayor, con un Phil Manzanera que lo mismo ponía las cuerdas a Brian Ferry como producía a la postres los senderos de traición que encaminaron las huestes de nuestro Bunbury. Queen sumó el Glam a la ópera rock, y a todas las disciplinas que se puedan imaginar. Todos, en suma, iban a inspirar el “do it yourself” del movimiento punk. Pero eso es otra historia, y aún sin salir de Gran Bretaña.

Por mencionar a algunos de los guitarristas que hicieron posible que el Glam se instaurara como modelo a seguir y a ser recordado, recuerdo ahora a tres guitarristas fundamentales.

Mick Ronson

Mick Ronson adecuó sus formas de salvaje de la pradera a la belleza armónica para que sus solos parecieran una extensión de la voz de Bowie. Influenciado por Jeff Beck, y teniendo en cuenta que esa cota de genialidad solo esta en las manos del mecánico de Stratocasters, uso a discreción el Wha-Wha. Siempre recortando agudos con este pedal para que su Les Paul sonara mas nasal si cabe. Sin él, Bowie no habría crecido de la forma exponencial que lo hizo. De hecho, con la marcha de Ronson de la banda del duque blanco, se acabaron los discos homéricos, y pasaron a ser solo geniales.

Ronson y Bowie

‘Con la marcha de Ronson de la banda del duque blanco, se acabaron los discos homéricos, y pasaron a ser solo geniales’

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Marc Bolan

Bolan fue la Glam Star por excelencia. Había dejado atrás su paso por John’s Children, el folk-rock y el hipismo, para caer en Tyranosaurus Rex. Junto al batería Steve Took, solo unos años después, cambiando a Took por Mickey Finn, acorta el nombre en los discos a T.Rex, bajo este nombre graba ‘Electric Warrior’, ‘The Slider’ y ‘Tanx’, trabajos que encerraron joyas como ‘Get it on’, ‘Metal Guru’ o ‘Tenement Lady’ respectivamente.

Bolan

La característica principal de Bolan radicaba en su capacidad para sacar oro de sus escasas habilidades a la guitarra. Es capaz de crear auténticos mantras pop en forma de riffs que querían ser Clapton y Hendrix pero que, sin darse cuenta, siempre eran Marc Bolan. Poco valorada su factura musical, fue el tiempo el que le dio la razón.

Brian May

En aquella unión, tan extraña como genial, que dio como resultado Queen, había personalidades dispares, y mucha memoria musical. Sobre todo, en la cabeza de Brian May. Quizá ellos pertenecían a la era post Glam, y contaron con la ventaja de saber donde incidir para hacerse gigantes; mucho mas que un Tyranosauro, o que una araña de Marte.

May

Las influencias de May, nunca ha sido dudoso de ellas, fueron básicamente The Shadows y Django Reinhardt. Hasta para esto hay que subirlo a un pedestal, porque consiguió escapar de todo aquello para dar una vuelta de tuerca a su estilo. Comenzaba a mirar más a Hendrix, recordemos sino la pieza titulada ‘Liar’, en el debut de Queen en 1973. La grabación de sus solos y riffs llevaban horas; por la densidad y por ese entramado maravilloso que colocaba la voz de Freddie Mercury en el lugar que merecía. El uso del Delay fue imprescindible y su guitarra, caso a parte. Aquel cacho de madera lo comenzó a construir con su padre con tan solo quince años. Las cuerdas tenían que ser frenos de bicicleta; la pua, una moneda de dos peniques. No había para más.

En el Glam, como en la vida, solo somos jóvenes en los preparativos. Cuando nos toca la guerra, somos mayores por norma.

El prestigio de John Coltrane

en Novedades

El pasado 29 de marzo llegó la lujosa caja en la que Craft Recordings recopila las grabaciones para Prestige de John Coltrane durante los doce meses del año 1958

Hay un puñado de nombres, muy pocos, que golpearon con fuerza el centro gravitatorio de la música en el pasado siglo XX para crear universos que, definitivamente, iban a cambiar la estructura del pensamiento de los creadores del futuro.

El irrebatible estilo de Django Reindhart, la locura de Charlie Parker, la inmensidad oceánica de Miles Davis, la agonía de Billie Holiday, los riffs de Chuck Berry o la versatilidad de Paul McCartney son algunos de esos ejemplos. Pero el rango de divinidad sólo está al alcance de John Coltrane. Se han escrito biblias sobre su vida y su obra; es uno de los pocos músicos de los que no se puede desechar ninguna de sus grabaciones, ya que todas ellas son referentes que aún conservan su vigencia. Tal y como diría Cifu, de Trane servían hasta sus estornudos. Su estilo sigue inspirando a los más veteranos y a los jóvenes leones que se enfrentan a la composición musical en el jazz. Incluso hay artistas en otros estilos que tienen en cuenta las estructuras, el color y la profundidad tonal de la música creada por Trane. En definitiva, todo en él es emoción.

Es por ello que sigue siendo actualidad, una y otra vez. En estos últimos años hemos podido descubrir álbumes perdidos como ese ‘Both Direction At Once’, que se lanzaba el pasado año 2018. Pero también reediciones, bootlegs, recopilatorios o bandas sonoras que, por un motivo u otro, han servido para mantener viva la llama de este alienígena obstinado que trascendió a lo divino a través de los malos hábitos, la fe, la enfermedad y, finalmente, la muerte prematura.

No sabremos nunca cuál hubiese sido su techo creativo; en sus últimas obras, sobre todo en el legendario ‘A Love Supreme’ grabado bajo los auspicios del sello Impulse, las notas de sus partituras se convirtieron, literalmente, en emociones escritas con lápiz en un pentagrama que pocos maestros podían entender. Tipo duros como su amigo y compañero de batallas Elvin Jones tuvieron que abandonar su banda debido a que la exigencia mental que suponía enfrentarse a la música del saxofonista era rebasar el límite de lo humano.

Ahora nos encontramos con otra novedad discográfica en torno a Trane. Muchos ya conocemos estas piezas desde hace años, pero este ‘Coltrane’s 58: The Prestige Recordings’ resulta muy goloso como objeto lujoso de colección. También lo fue, a principios de la década de los noventa, la integral de las grabaciones que Trane realizó entre 1956 y 1958 para el sello Prestige. Una caja lanzada por Fantasy ampliamente documentada por el periodista especializado en jazz Doug Ramsey a través de extractos de entrevistas a músicos como Julian Cannonball Adderley, Yusef Lateef, James Moody o el propio Coltrane. Ahora se extrae el segmento final de ese periodo, que también supone el final de una etapa de superación para él. En 1956 Trane forma parte aún del sexteto de Miles; es un sideman de lujo que no termina termina de cuajar sus primeros discos como líder, en este año llega a alcanzar un total de once sesiones de grabación para distintos sellos.

El cincuenta y siete sería un año espléndido: decide desintoxicarse de las drogas y el alcohol, acepta a Dios y toma la espiritualidad como forma integrada en su composición musical. Participa en proyectos para Mal Waldron o Paul Quinichette, lidera sesiones que luego se convertirían en álbumes como ‘Dakar’ o ‘Lush Life’. Cuanto afronta está impregnado de la riqueza que vierten sus saxos, infinita e inspiradora. Se crea un magnífico ambiente familiar en el estudio del irrepetible ingeniero de sonido Rudy Van Gelder, en Hackensack, New Jersey. Todo cuanto ocurre en estos años es el preludio de la esencia que llegaría en los sesenta, y Van Gelder lo registraría para que Prestige lo proclamará públicamente como versículos de una nueva iglesia. En aquellas sesiones el estudio crepitaba porque el proceso de descubrimiento estaba ocurriendo dentro de los confines del mejor hard bop, apoyado por incondicionales amigos, como los líderes Kenny Burrell, Wilbur Harden, Feddie Hubbard, Gene Ammons y, cómo no, las fieles cohortes de Trane en esta época: el pianista Red Garland, el contabajista Paul Chambers y los baterías Art Taylor y Jimmy Cobb. Nombres que añadirían el mortero necesario para que los pilares de esta nueva religión no se quebrasen jamás.

Esta nueva caja centra su foco puntualmente en las sesiones que Coltrane lidera y co-lidera en 1958. Sale en dos formatos: un set de cinco CD’s y otro de ocho vinilos, presentando cada sesión en orden cronológico. La secuencia resalta la rápida evolución de Coltrane hacia su impronta en los sesenta, ya que en las obras finales estamos ya ante un músico que ha hallado el camino para desarrollar su firma más personal, la de un músico modernista que iba a grabar para los sellos Atlantic e Impulse obras monumentales, un Trane que iba a crear ese efecto que el crítico Ira Gitler, en ese 1958, acuñaría en la revista Down Beat como ‘Sheets of soud’, tras haber incluido ese termino en las notas que acompañaron la publicación del imprescindible ‘Soultrane’, publicado ese mismo año y que esta caja recoge.

Este material es excelente y, gracias a su cuidada presentación, es altamente adictivo. Es la excusa perfecta para iniciarse en el universo Trane.

Steve Earle

Steve y Guy

en Novedades

Steve Earle & The Dukes firman ‘GUY’, una joya emotiva y exquisita

‘GUY’ New West Records 2019

La lucha diaria en los fogones de la radio es la de tratar de buscar esa respuesta que nos quite la razón sobre estos tiempos que corren, y ya lamentamos ponernos pesados con el tema, pero es lo que sentimos. Poner el corazón en las cosas es tan necesario como respirar, de otro modo abandonaríamos este barco y nos recluiríamos en nuestros cuarteles de otoño para alimentarnos de los versos y los acordes de las leyendas.

Steve Earle vuelve junto a The Dukes, su banda. El maestro ha decidido hacerlo a lo grande con un álbum que conmemora la vida y la obra del tejano Guy Clark, un compositor imprescindible, el preferido de Bob Dylan, que se marchó de este plano hace tan solo tres años. Y aquí encontramos corazón al ciento por ciento.

Guy y Steve están unidos, no sólo por la íntima amistad que los llevó a fantasear en los últimos años de vida del finado con la posibilidad de escribir una canción juntos, si no por esa filosofía artesanal de quien no tiene prisa ante una vida moderna como la que nos toca vivir. Alumno y maestro se unen por fin, pese a la ausencia.

Escuchando el disco uno desea volver a lo artesanal. Se llega a añorar la privacidad de una vida que se pueda vivir sin tener que asomarse a esa sociedad que ejerce el derecho a la crítica gratuita.

Pero dejemos las diatribas, ‘GUY’ es un gran álbum. Cumple tanto en el plano emocional como en el práctico. Tal y como ocurrió a finales de la década de 2000 con ‘Townes’, Earle ha cumplido con sus dos mentores. Dos de los músicos más influyentes en la cultura tradicional de Norteamérica.  

Guy Clark y Steve Earle

Clark dejó un legado inmenso. Armado con su guitarra, construyó historias de forajidos para músicos como Ricky Skaggs o Bobby Bare, entre otros, canciones que les dieron éxito y fama gracias a la impronta del tejano. También fue mentor de nuestro querido Rodney Crowell, quien junto a Earle, viajó desde San Antonio a Nashville haciendo autostop allá por 1974 para conocer al autor de temas como ‘Texas 1947’ o ‘Desperados Waiting For A Train’ que inevitablemente nos lleva a recordar a los eternos proscritos Highwaymen. Dos canciones que Steve Earle incluye en su obra sin salirse de las líneas maestras propuestas por su autor.

La estética cambia por esa aspereza que alberga la garganta de Earle, pero el retrato es fiel al original. La vuelta de tuerca a los originales la encontramos en los matices, esa cálida presencia de vocal de la adorada Eleanor Whitmore, las mandolinas, guitarras, y el afilado pedal Steel de Ricky Ray Jackson, el dobro certero de Jim McGuire y la solitaria armónica de Mickey Raphael. Todos están a una altura memorable y certifican la calidad del decimonoveno álbum de Earle, grabado en el House of Blues de Nashville.

Para la ocasión, los amigos Rodney Crowell, Jerry Jeff Walker y Emmylou Harris se han sumado con estupendas colaboraciones para el álbum. Desde la apertura con el intenso y mítico ‘Dublin Blues’ hasta la emocional lectura de las relaciones paterno filiales que Earle realiza de ‘The Randall Knife’, pasando por los bailes irreprimibles que nos provocan ‘Heartbroke’, ‘Sis Draper’ y la inmensa ‘New Cut Road’ el disco se mantiene a una altura que no entiende de valles. Mención a parte merecen las armonías desgarradoras de Emmylou en ‘She Ain’t Going Nowhere’ y ‘Old Friends’ que nos hacen llorar a lágrima viva. Si nos vieran ahora mismo, mientras escribimos suena la versión de ‘The Last Gunfighter Ballad’, y aplaudimos por necesidad imperiosa, por placer y desahogo.

Que nadie se equivoque, el álbum está marcado, inequívocamente, por la personalidad y las atmósferas habituales de Steve Earle, no es un homenaje vacuo y alimenticio, es un reconocimiento sentido y profundo a un viejo amigo al que se echa de menos. 

Como bien cantan a dúo Earle y Harris en el broche final que supone la adaptación de ‘Old Friends’ a este GUY: “Viejos amigos, brillan como diamantes”. Disco imprescindible.

Jimmie Vaughan regresa al hogar

en Novedades

Será el próximo 17 de mayo cuando el sello británico Last Music Co. lance las once canciones en las que Vaughan está celebrando la vida y la música.

La identidad de un estilo seminal como el blues, casi tan antiguo como la historia de los Estados Unidos, se ha ido matizando con el paso de las décadas. En su evolución se ha encontrado con artistas que, bebiendo de distintas fuentes, han creado matices muy ricos que lo han hecho pivotar hacia otros lugares. El clasicismo sigue reinando, bien venga del Delta o se disperse por las avenidas de Chicago; hay músicos que siguen fieles al concepto tradicional que marcaron hombres como Robert Johnson, Son House o Muddy Waters, reflejando de manera cruda esas tristes historias de caminos polvorientos, trenes a ninguna parte, romances peligrosos y cuitas sin saldar.

En las últimas décadas, el rock ha creado un muro férreo en torno al blues, con acróbatas de la guitarra como protagonistas. No es algo nuevo, ya que desde los tiempos de Cream esto ya viene ocurriendo; el peligro es la indefinición en la personalidad del sonido que van creando las últimas producciones.

Por eso, encontrarse con un álbum como ‘Baby, Please Come Home’ supone llevarte al oído un trueno de felicidad y, lo más importante, de sinceridad musical. Jimmie Vaughan ha conseguido conservar intacto el mojo durante más de 50 años de carrera, ha dedicado su vida a preservar la vida del blues, llenándolo de vida y convirtiéndolo en fuente de inspiración para todos los que escuchan. Directamente, desde su título, rememorando al gran Lloyd Price, este álbum es una llamada furiosa y brillante de regreso al hogar. 

Desde 2011 no había vuelto a entrar a un estudio; el último registro lo encontramos en el directo a trío junto a sus amigos en el C-Boy’s. Ahora, desde el estudio de la estación de bomberos de San Marcos (Texas) -jugando en casa-, el tejano nos receta una buena dosis de alegría a través de la revisión de clásicos, más o menos conocidos, en los que se ha dejado el alma en los últimos años. Junto al ya mencionado Lloyd Price, Vaughan firma versiones de temas originales que fueron sellados por luminarias como Jimmy Donley, Lefty Frizzell, Chuck Willis, Bill Doggett, T-Bone Walker, Etta James, Clarence ‘Gatemouth’ Brown y Jimmy Reed; no se puede pedir más.

Vaughan tiene claro que la evolución pasa por el trabajo y, pese a su veteranía, el guitarrista y cantante deja claro en el álbum que el blues le ha exigido renovar sus votos para entregarnos una obra compacta y reveladora. Una obra en la que el blues es el protagonista, destilando arte y buscando el sonido crudo, el sentimiento por encima del artificio y los ornamentos florales de la virtud.

Inspiración

Cuando en los setenta llegó a Austin, el blues se integró definitivamente en su ADN; desde entonces nada le ha podido mover de allí, ni la desgracia ni el éxito mundial. Junto a su hermano o a bordo de los Fabulous Thunderbirds, Jimmie Vaughan ha seguido fiel al camino que le marcaban sus ancestros.

En ‘Baby, Please Come Home’ encontramos desde el blues más primitivo de Jimmy Reed en ‘Baby What’s Wrong’, pieza que cierra el disco, hasta los sonidos de uno de los padres fundadores de la música country moderna, como el legendario ‘outlaw’ Lefty Frizzell, de quien interpreta su ‘No One To Talk To (But The Blues). Vaughan demuestra que la música no se trata de etiquetas, sino de sentimientos. Destacan en el disco piezas como el clásico de Etta James ‘Be My Lovey Dovey’; Vaughan siempre estuvo enamorado del poder cautivador de James y ella misma le entregó este tema para que lo adaptara. Otro gran momento es la interpretación de ‘I’m Still I’m Love With You’; la seda de T-Bone Walker en esta balada es inmensa y la reunión musical en torno a Vaughan crean una ilustración casi poética del original de 1948.

Disfrutando en la redacción del nuevo disco de Jimmie Vaughan

Los compañeros de viaje

La obra está grabada por interpretes solventes, buenos amigos con recorrido. Destacan George Rains, el batería de Mike Bloomfield en los años 70; Billy Pitman, guitarrista forjado en la mítica Wrecking Crew de la que fue fundador; Mike Flanigan al Hammond B-3, que forma parte del trío de Vaughan junto a Frosty Smith a los tambores. También están Doug James, Greg Piccolo, Al Gomez, Kaz Kazonoff, T. Jarred Bonata, John Mills y Randy Zimmerman, a quienes se unen las vocalistas Georgia Bramhall y Emily Gimble. Entre todos ellos hay una comunicación muy especial, se intuye el silencio, las miradas, las sonrisas y el respeto. Vaughan toma la batuta para ser el maestro en esta rica ceremonia.

Un disco grande, necesario y que, sinceramente, va a ser uno de los álbumes de la temporada.

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