Juan Acebo

El trap, la democratización de la música

Qué oscuro secreto no conoceremos de Beethoven, Mozart, me vale Picasso y cómo no, Da Vinci. Seguimos descifrando sus claves, las que dejaron a la vista de todo mortal, las que eligieron como legado y como eco en la posteridad. Pero genios de tal calado no pueden estar exentos de “errores” humanos, episodios que hubieran deseado borrar de la historia. Estoy convencido de que no hay camino más directo a la genialidad.

     Observaba atónito a los capos del trap, en sus casas sin más ayuda que un portátil y un micrófono de menor presupuesto que el último de mis antojos, y teniendo mayor repercusión de la que jamás había soñado con todo mi conocimiento y desarrollo musical de una vida entregada a este ingrato arte.

     Ese es el momento, es la encrucijada, el cruce de caminos del que hablaba Robert Johnson. Somos músicos porque entendemos ese lenguaje a otro nivel, es nuestra criba, nuestras oposiciones. Ya no podemos formar parte del espíritu adolescente que compartimos con Nirvana, ni de sentir el alto voltaje de nuestras hormonas en pubertad. La música nos enganchó porque nuestros ídolos supieron hacernos sentir identificados con ellos, porque estábamos hechos de la misma pasta, conectados.

     Es el turno de las nuevas generaciones, ahora es su momento y la mejor posición que podemos tomar es de meros observadores, no obviemos, escuchemos; no corrijamos, aprendamos y no coartemos. Demos libertad y dejemos que se exprese la nueva generación.

     Hagamos un ejercicio, imaginemos que el “Romance Anónimo” fuera obra de los “traperos” del medievo, o que incluso (idea que ha motivado este artículo) es la obra de Paganini que quiso ocultar al mundo. Es genial, la disfrutamos grandes y pequeños y la perpetuamos en la historia de la música, tanto popular como académica… ¿Recuerdas algo de Paganini?, yo no.

     Se me antoja imaginarme al gran Paganini como un gran virtuoso del violín, pero de mayor destreza y talento en la guitarra. Convive con dos facetas musicales, la ortodoxa del violín que le proporciona estabilidad económica y prestigio social, y la heterodoxia de la guitarra, instrumento popular y de un status inferior, que le obliga a ocultar sus desafíos musicales en este universo. Ambas vanguardistas, ambas calando profundamente en la historia. Pero con su corazón enfocado en la segunda, pionero y profeta de la música del futuro.

    A día de hoy conocemos su devoción por ambos instrumentos, no la proporción en la que volcaba el alma sobre ellos.

     ¿Por qué no? Su mayor logro no está escrito en partitura y con su firma, está disipado por todo el cancionero y la tradición popular.

     Ahora tenemos los medios para exprimir hasta la última gota de jugo que existe en el alma humana, la música no puede ser de unos pocos privilegiados, es de todos nosotros. Como defendía Frank Zappa, seamos constructores de la misma. Ni Mozart, ni Beethoven, ni Picasso, ni Da Vinci tenían las instrucciones para dar en el clavo. Eran la mano que blandía el martillo.

     Con cariño de un Artista para todos mis colegas.

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