Chris Robinson y el poder del sol

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Hace veintisiete años. Por aquel entonces sonaban discos muy potentes: ‘Angel Dust’, de Faith No More; ‘Bricks Are Heavy’, de L7; el mítico ‘Opiate’, de Tool y, cómo no, seguían las erupciones emocionales provocadas por Nirvana con su ‘Nevermind’, Pearl Jam con ‘Ten’ y Soundgarden con ‘Badmotorfinger’. El inicio de los noventa se definió por un cambio estético en el rock muy interesante con músicos de primer orden. 

Por primera vez, en aquel cristalino 1992, The Black Crowes llegaban a Madrid para presentar ‘The Southern Harmony and Musical Companion’ sobre las tablas de la mítica sala Canciller; lo hacían dos años después del pelotazo de debut que supuso ser ‘Shake Your Money Maker’. Las radio vomitaban constantemente el rugido de Chris Robinson en ‘Hard To Handle’, revisando la genialidad de Otis Redding. Entre toda esa experimentación del nuevo sonido de principios de década: garaje punk, heavy pop o grunge, como lo queramos llamar, una banda liderada por dos hermanos surgía del cemento clásico de la música norteamericana y fuimos muchos los que quedamos atónitos. Estilos como el soul, rock sureño, blues y alguna pizca del psicodelia setentera condimentaban la propuesta de estos cuervos negros, hermanos de sangre bien avenidos y que mostraban a las claras que su carrera iba a ser amplia. Gracias a ellos, diversas estéticas del rock se unificaron, ya que tanto los seguidores del ‘álbum negro’ de Metallica, como los de Stone Temple Pilots se podían reunir ante un escenario sin brechas;  la comunión era perfecta. Y no sólo eso, además, The Black Crowes propusieron a muchos jóvenes de la época el descubrimiento de bandas míticas, por citar un par: Allman Brothers o Lynyrd Skynyrd.

Tuvieron una carrera amplia, rica, nueve álbumes de estudio a los que pocos peros se les pueden poner. Pero nada es eterno y llegaron los problemas entre los hermanos. Rich y Chris partieron peras y ahí terminó el vuelo de los cuervos. Por el camino, luminarias como Marc Ford, Greg Rzab, Luther Dickinson, Jackie Greene, Steve Gorman o el finado Eddie Harsch se sumaron a la fiesta. Nombres que ahora nos suenan como solistas o como sidemen de lujo en distintos proyectos.

Rich ha montado la Magpie Salute y Chris puso en marcha hace unos años a su hermandad, ahora están presentando un nuevo álbum, qué digo, un disco asombroso en el que vamos a detenernos. 

La CRB publica ‘Servant Of The Sun’

La Chris Robinson Brotherhood comenzó su andadura en 2011. Como le diría Ross Geller a Rachel Green: “Nos estábamos tomando un tiempo”. Fue en una pausa, en ciernes un desencuentro, pero Chris Robinson comenzaba a investigar con nuevos sonidos y otros músicos; comenzaba a despegarse del mito del cuervo negro. Ahora, el proyecto ha cuajado definitivamente.

La Hermandad no se ha suscrito a un estilo específico, el territorio psicodélico siempre ha estado muy presente y en él, la imaginación parece no tener un final si uno echa una escucha a sus cinco álbumes anteriores. CRB nos presenta ahora ‘Servants of the Sun’, un disco donde se liman muchos aspectos y donde parece que la madurez ha alcanzado su cenit.

Chris Robinson ha iniciado un viaje al corazón del mismísimo ‘pit’ frente al escenario, hacia la estrecha burbuja en la que el público marca el pulso del directo.  Un viaje de inmersión creado por Robinson y el gran guitarrista Neal Casal. El teclista original del banda se suma al proyecto; Adam MacDougall está sobresaliente creando unos trampantojos musicales estupendos, muy destacable en la apertura del álbum con la soberbia y burbujeante introducción de ‘Some Earthly Delights’; junto a él tenemos a Jeff Hill al bajo y al baterista Tony Leone. La producción es extraordinaria y casi abrumadora para el oído. Cada detalle está colocado con un mimo impecable. ‘Some Earthly Delights’ nos prepara para el resto del álbum, y hablamos de nueve temas creados, como el propio Chris Robinson ha dicho, a medida para el espectador de sus conciertos. Ese es el condicionante que se han marcado, una pregunta que ha obtenido respuesta con este ‘Servant Of The Sun’: ¿qué os gustaría escuchar en un concierto? Sí, una sensación muy a lo Grateful Dead, o de cómo hacer una jam session eterna como regalo a quienes les dan su amor.

Más allá de The Black Crowes, muchos hemos amado las formas ante el micrófono de Chris Robinson. Este disco tiene un punto importante de nostalgia en la voz del cantante, ya que por momentos podríamos pensar que nada ha cambiado desde aquellos noventa. El tiempo le ha regalado a este músico una fuerza renovada y mucho más soul, algo que hace que las canciones sean reconocibles al instante y suenen con un color imperial como en ‘Rare Birds’ o en el sencillo ‘The Chauffer’s Daughter’. Pero la CRB sigue su camino lisérgico y juguetón bien definido en temas como ‘Venus in Chrome’ o ‘Star Fell on California’, ambas magníficas señas de identidad de la banda. Por cierto, muy destacable el trabajo limpio, cálido y prístino a las guitarras del maestro Neal Casal, el secreto mejor guardado de la CRB, junto al poder indiscutible de la garganta de Robinson.

Un disco muy recomendable que en breve trataremos en CDS RadioShow como se merece. La hermandad ha regresado con esta colección de canciones libres llenas de imágenes psicodélicas que abren, una vez más, las puertas de la mente. Sea, por muchos años.