Clapton Crossroads

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Un hombre y una causa. Clapton habitó junto al diablo pero supo encontrar el camino a casa ayudando a otros a salir del infierno

No tiene nombre, lo de Eric Clapton no tiene nombre.

Dicen que es dios, y casi que terminaremos por darles la razón. Porque la forma en que Clapton se ha reconstruido así mismo en no pocas ocasiones es digna de mención. Superar la perdida de un hijo, batallar contra las adicciones, y salir impune. Son muchos los amigos que con mucho menos se diluyeron, se borraron o abandonaron el edificio.

La personalidad y la humanidad de Clapton fue tan grande, no solo para abandonar los excesos, sino también para fundar en el año 1997 el centro Crossroads que finalmente abría sus puertas en octubre del siguiente año. Un proyecto en el que se ofrece tratamiento y rehabilitación para todos los que tienen serios problemas con las drogas y el alcoholismo. Muchos piensan de Clapton que fue un oportunista, y escribimos este artículo para demostraros que se equivocan.

El centro necesitaba de donaciones para las becas, y fue a Eric Clapton a quién iluminó una idea en el verano del año 1999. Lanzó a subasta cien de sus guitarras, completamente revisadas por su luthier, Eric Lee Dickson, y certificadas por uno de los grandes historiadores de guitarras Richard Chapman. No vamos a enumerar la lista pero sería interesante remarcar algunas de las joyas de las que Eric se deshizo para conseguir un bien mayor. Todo el dinero recaudado fue a parar a la fundación Crossroads, para que aquellas personas que no podían pagarse el tratamiento, tuvieran oportunidad de coger el tren que les llevara a su nueva vida. Sin palabras.

Vendió su Telecaster del año 52 por 18.000 dólares, la guitarra que le regaló Carl Radle, el bajista de Derek & The Dominos, y que uso para el directo en Crystal Palace junto a Freddie King. Vendió su Gibson ES335TD del año 59 por 30.000 dólares, aproximadamente, la guitarra que uso en la despedida de Cream. Exactamente la misma Gibson que uso George Harrison para despedirse de los Beatles.

Clapton junto a ‘Brownie’

‘Brownie’

Y, lo más importante, vendió a ‘Brownie’ por 100.000 dólares. ‘Brownie’ era su Fender Stratocaster del 56. La guitarra que mejor sonido y tacto tiene de las centenas de Strats que pasaron por las manos de Clapton. La mano derecha de su otra leyenda, ‘Blackie’. Tanto es así que esta es la guitarra que puedes escuchar en el disco de Derek & The Dominos y con la que interpretó ‘Layla’ sin ir mas lejos. Además, fue la primera guitarra Stratocaster que Clapton compró.

Llegaría ‘Blackie’ para ocupar ese lugar, con un mástil que terminó siendo mas cómodo para su ejecución. Aun hoy, cuando vemos las fotos que nos muestran ese mástil de arce gastado, esos herrajes amarillos, la pala completamente quemada por el cigarro que Clapton siempre colocaba ahí, nos entran ganas de ser el próximo doctor Who para volver al verano del año 99, hacer acopio de esos dólares y pujar sin competencia para hacernos con esa bella guitarra. O, en su defecto, cambiarla por una piruleta, si no diera diera para tanto.

Un guitarrista se enamora de todas sus guitarras, da igual lo buenas o lo malas que sean, porque son cajas que contienen emociones asociadas a momentos irrepetibles. Clapton pasó por encima de la nostalgia y consiguió su propósito. Si se convirtió en una autocracia amable y benigna o no, eso queda para el imaginario popular.

Este año, el Crossroad Guitar Festival se celebra en Dallas, Texas. Será en el mes de septiembre y en el cartel aparecen las firmas de maestros como Jeff Beck, Buddy Guy, Robert Cray, Derek Trucks, Bonnie Raitt o Joe Walsh.

Definitivamente, “Clapton is good”.

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